lunes 25 de junio de 2007

Historias terroríficas

Artículo publicado en Bibliocuenca, noviembre - 2006, nº 4


Dijo Lovecraft que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. Ha sido este terror a lo desconocido lo que creó las primeras historias de miedo, aquellas en las que se explicaban los hechos naturales a través de historias fantásticas que, además, proporcionaban un código de comportamiento. Así, los cuentos y las leyendas hablarían de los monstruos que acechan a quien se adentra a solas en el bosque, de los duendes que hacen enfermar el ganado, de los lobos que atacan a las niñas que se separan de su camino, de la procesión de los muertos, las brujas, los trasgos…
Pero la llegada del racionalismo expulsa a estos seres del pensamiento colectivo y reduce estas leyendas a meros cuentos infantiles. Ya no sirven para explicar fenómenos naturales y el avance de las ciencias no permite que su existencia sea posible en otro mundo que no sea el de la imaginación.
En este vacío que queda cuando las viejas leyendas quedan anticuadas es cuando nace lo que se conoce como literatura de terror. Si el mundo ya no acoge monstruos, si no es posible la existencia de seres carnales capaces de infundir miedo, los autores crearán historias en las que el terror sea causado por un fantasma, un ser espiritual para el que la ciencia no puede dar explicación. Y como los románticos del XIX vuelven su mirada hacia el pasado, los espectros de sus obras arrastrarán las cadenas por viejos castillos, antiguas mansiones o viejas abadías de las que solo quedan ruinas. Este será el origen de la novela gótica, en las que no faltan personajes como el villano, la inocente doncella o el valeroso héroe, así como escenarios oscuros, puertas chirriantes…
Pero, poco a poco, el género se va desgastando y, a fuerza de ser conocidos, los fantasmas del Don Juan, que vuelven de entre los muertos para castigar al pecador, los amantes castigados a penar por el monte de las ánimas, o incluso el viejo castillo del conde Drácula, van dejando de asustar.
No obstante, algunas de las mejores historias de terror escritas en el siglo XIX van más allá del terror gótico y tratan temas que nacen de los avances que la sociedad experimenta en todos los campos.
En Frankenstein, por ejemplo, el personaje de terror no es el muerto como fantasma, sino un muerto (en realidad, varios) recuperado por la medicina de un mundo científico que pretende controlar todas las leyes de la naturaleza, también las de la vida y la muerte; en El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde vuelve a ser un científico quien desata el mal mediante un brebaje que hace aparecer el lado más perverso de su personalidad; y Poe sitúa algunas de sus obras, como El manuscrito hallado en una botella, en barcos que participan en las exploraciones de los mares del sur y los casquetes polares.
Con Edgar Allan Poe se llegan a las más altas cotas de la literatura de terror en el siglo XIX. En su obra están presentes la vieja mansión (La caída de la casa Usher), el castigo (El gato negro, El corazón delator), el pasado (El pozo y el péndulo) y la muerte (El cuervo), pero no aparecen los fantasmas de la novela gótica para castigar el pecado, sino que será un animal común o la misma víscera sangrienta quienes llevarán al protagonista a su final.
Pese a la calidad de estas obras, el lector de finales del siglo XIX y principios del XX comenzaba a perder el miedo a los temas que se le planteaban. Hacía falta una renovación del género, que vendría de la mano del llamado terror materialista, del que fueron precursores Machen y Blackwood, y cuya cima alcanzarían Lovecraft y su círculo de colaboradores.
Así queda desterrado el fantasma del castillo y las almas atormentadas que salen cuando llega la noche. Ya no causaban miedo, ya que el siglo XX había traído cambios que provocaban angustias más reales: la inseguridad, la muerte violenta, las crisis económicas… Esa angustia quedará reflejada en los nuevos relatos.
Machen escribe obras en los que el terror aparece en un ambiente lleno de luz, en un campo apacible que esconde algo escondido desde el pasado más remoto. Blackwood también sitúa a viejos seres sobrenaturales atacando a los pobladores de una naturaleza salvaje. Estos cambios culminarían en H.P. Lovecraft.
Éste tuvo una infancia enfermiza y sobreprotegida en una familia orgullosa y dictatorial. Apenas jugaba con otros niños, y cuando lo hacía era para representas escenas imaginarias. Pronto se sintió atraído por la antigüedad y por obras como Las mil y una noches. Su interés por la antigüedad y su pensamiento racionalista le llevaron a interesarse por el siglo XVIII y a rechazar todo lo posterior, incluso la independencia de su país, los Estados Unidos, cuyo sistema de valores basado en los logros materiales le parecía pueril. Se decía que odiaba la luz del día y que sólo escribía por las noches.
Sin embargo, en 1921, Lovecraft amplió su círculo social para poder trabajar, lo que le permitió conocer a una serie de admiradores que más tarde pasarían a ser colaboradores, e incluso completarían alguna de sus obras tras su muerte en 1937.
Con ellos escribiría los relatos que forman Los mitos de Cthulhu. En ellos aparecen los viejos seres que dominaron el mundo antes de la existencia del hombre y esperan escondidos para volver a apoderarse de la tierra, apareciendo de vez en cuando, en zonas que parecen comunicar su mundo con el nuestro. Estas zonas no están limitadas a un lugar concreto, pero los relatos de Lovecraft se sitúan en pueblos ficticios de Nueva Inglaterra, en los que la influencia negativa de estos seres ha degenerado la salud mental de sus habitantes.
Muchas veces, la presencia de estos seres queda reflejada en mitos y tradiciones de antiguas razas, que hablan de ellos como dioses, en ruinas de civilizaciones olvidadas o de los indios que sobreviven en los bosques de Nueva Inglaterra, en viejas bibliotecas, y sobre todo en El Necronomicón, libro ficticio que explica la naturaleza de estos seres. Son los restos del pasado que los protagonistas seguirán hasta su encuentro con el horror.
Con Lovecraft y sus colaboradores (sobre todo August Derleth), el cuento de terror culmina su renovación y termina de desechar el miedo a los seres espirituales e idealizados para cambiarlos por otros más materiales, que acechan a los hombre e influyen en ellos para conseguir dominarlos o exterminarlos.

lunes 4 de junio de 2007

Mil países en la biblioteca

Hace casi un año organicé una exposición sobre arte japonés que me sirvió de excusa para conocer otras facetas de ese país, entre ellas una literatura infantil con unas ilustraciones que me fascinaron. Por eso escribí para el boletín Entrelíneas (Nº 1, Agosto-Septiembre 2006) y el blog Bibliocuenca este artículo.



Durante el mes de julio, el mundo oriental ha invadido la sala de exposiciones del Centro Cultural Aguirre. La exposición Arte japonés en los libros del Fondo Juan March ha mostrado las obras que, sobre este tema, se conservan en la Biblioteca Municipal de Cuenca. El verano se convierte en un buen momento para viajar a través de los libros a lugares exóticos como el lejano oriente.

Sin embargo, si nos detenemos a buscar un rato entre los libros encontraremos muchos otros destinos:

Veremos que oriente no termina con la exposición. En la sala infantil hay una serie de libros, tanto en japonés como en castellano, con historias desconocidas para el público español. Los libros en japonés son, entre otros, El carpintero y Oniroku [Daiku to Oniroku], la historia de un carpintero que pacta con un demonio (oni) para que construya un puente a cambio de sus ojos; la historia de Urashima Tarō, un pescador al que una tortuga premia por salvarla llevándole al reino del fondo del mar, pero sin poder volver a tierra; Extraño bambú, la historia de cómo un pueblo del interior encuentra el camino al mar; Tsuru Nioubō, una triste historia de una mujer-grulla o Suho y el caballo blanco [Suho no shiori uma], una bella historia de amistad entre un pastor de las estepas de Mongolia y su caballo. En español, Lao Lao y el dragón de hielo, El genio del jazmín y Cuentos de la China milenaria nos acercarán a la belleza del lejano oriente, mientras que Sagarmatha y El tesoro secreto del Tíbet nos llevarán a las cumbres del Himalaya.
Además, en la sala de préstamo encontraremos Japón y su duende, un viaje de José María Gironella a un país en el que encontró costumbres distintas y una forma de ser totalmente distinta al hombre occidental, mientras que Ana Tortajada, en El grito silenciado, narra su viaje a Paquistán y Afganistán. El arte de La India está presente en el Fondo Juan March con Six Indian painters y King Ashoka, Mahatma Gandhi and Nehru demostrando que Asia no está tan lejos.

Las selvas africanas y los desiertos de Arabia también están en la biblioteca. Madisú, El pequeño pigmeo, Yamina intentando ayudar a un elefante que ha quedado huerfano, La dama y el león, La estrella del sur, La sorpresa de Nandi, una divertida historia entre animales y frutas o África, pequeño Chaka llevarán al público más joven al mundo del África negra, mientras que La maldición del faraón, Cuentos egipcios, El califa cigüeña, Mi miel, mi dulzura, El vengador del Rif o El color de la arena harán viajar a quien los lea a los países árabes y al norte de África.

Na Mitón o Las reinas de África llevarán al público adulto al interior del continente negro de manos de sus protagonistas femeninas, de las mujeres que aparecen en los cuentos tradicionales africanos en el primero, de aquellas aventureras que exploraron el continente en el segundo.
Y en el Fondo Juan March, Nixeria: arte tribal na colección Azar y Treasures of ancient Nigeria nos acercará a un arte poco conocido pero que ha tenido gran influencia en las obras artísticas actuales.

Quien prefiera cruzar el Atlántico para llegar a América, podrá realizar un viaje de norte a sur, desde los bosques de Alaska de Colmillo Blanco y La quimera del oro, pasando por los territorios indios y el salvaje oeste de El vaquero sin rostro, Kika superbruja y los indios, The West as America o Tradiciones que sobreviven en el arte folklórico americano, hasta llegar a México con ¿De vacaciones en México?, Perú con La diosa negra o la leyenda aymara de La noche del Tatú, o la selva del Amazonas (Maia se va al Amazonas).

Si se prefiere las islas del Pacífico, La tribu perdida nos llevará a una aventura entre los maoríes de Nueva Zelanda.

Así que, si este verano piensas hacer un viaje, pásate por la biblioteca. Es un destino exótico.